miércoles, 12 de noviembre de 2014

Balastos entre letras

Hola a todos. Hoy os traigo algo diferente: un relato corto pero algo más largo que aquellos que podéis leer en este blog. Esta historia la ideé un día que llevaba 48 horas sin comer para poder hacer una prueba médica. Distraerme me ayudó a no pensar que tenía hambre y que quería comerme cuatro palmeras de chocolate xddd!

Es un relato que mandé al concurso "Viajeros al tren" organizado por La Voz del Quenquén y que, aunque no fue seleccionado, a mí me sirvió de práctica para empezar a alargar las historias un poquito más. Espero que os guste:



Ahora que regresaba a casa con el rabo entre las piernas, la única manera de concentrarme en mis pensamientos era jugar con la cortina que había en aquel vagón de tren; por suerte me había tocado sentarme al lado de la ventana.

Hacía ya seis meses que había bajado en la Estación de Puentecesures, la localidad más cercana a Padrón, cuna de grandes como eran Rosalía de Castro y Camilo José Cela. El trayecto hasta Santiago era corto y yo prefería quedarme en aquel pueblo tranquilo que creía me serviría de inspiración. Recuerdo que tan pronto bajé con mi gran maleta a cuestas no podía creerme que tuviese que recorrer andando tres kilómetros si no quería gastar mis escasos ahorros en un taxi.

A mitad de camino se puso a llover y yo no pude hacer otra cosa que maldecir mi suerte y seguir caminando, al fin y al cabo, como rezan los peregrinos: “sin dolor no hay gloria”, y todo era poco si de alcanzar mi sueño se trataba.

Rememoré bajo la lluvia todas esas tardes en las que me afanaba en terminar pronto los deberes de la escuela para poder pasar el resto de la tarde tecleando en la vieja y rota máquina de escribir de la abuela. Apenas contaba con siete años, así que golpeaba las teclas sin control y sin sentido imaginándome que salía el papel donde otros podrían leer todas mis historias. Así pasaron las tardes hasta que tuve la edad y el empuje suficiente para aprender a mecanografiar correctamente de manera autodidacta, pero para aquel entonces relegué la máquina al trastero para practicar en las teclas del ordenador de papá. Y entre máquina y portátil también leía mucho, más bien devoraba, porque en esta tierra de meigas los días de lluvia no permitían hacer mucho más. Efectivamente: mi sueño siempre fue ser escritora.

En esos pensamientos estaba cuando, buscando la pensión en que debía alojarme durante los próximos seis meses, me topé con el jardín botánico de Padrón. Llegando desde Puentecesures me lo encontré a mano derecha protegido tras una majestuosa valla como hacía tiempo que no veía. La razón me decía que lo más sensato sería dejar la maleta en la habitación, darme una ducha y cambiarme de ropa antes de recorrer las calles de ese pequeño pueblo que me acogía, pero una pareja de recién casados que se hacía las fotos al lado de unos árboles de coral constituía una estampa preciosa que me invitaba a pasar.

Cerca de la gran secuoya que abrazaba el paseo central del jardín me lo volví a encontrar. Su mirada triste me hizo ver que aquel niño ilusionado con el que había compartido horas de charla en el tren se había perdido entre las vías, pues seguía triste por haber extraviado la novela que iba a presentar en el concurso en que ambos dejaríamos a un lado nuestra reciente amistad para convertirnos en rivales. 

Había tenido la oportunidad de leer los primeros capítulos del borrador de su novela. Él dijo que le faltaba pulirla pero yo no pude evitar emitir mi veredicto: el texto era malo.

Su obra contaba lo mismo de siempre: “una dama de la época victoriana afincada en Londres corría con un pañuelo blanco por la estación de tren mientras gritaba a su amado que lo estaría esperando. Él, que había ido a la capital para estudiar, debía volver a su ciudad de origen, pues su padre estaba moribundo y quería despedirse de él antes de que dijese adiós para siempre. En el tiempo que el joven permaneció al lado de su padre mandaba todas las semanas una carta a su amada, cartas que nunca llegaban a su destino. Y él, desconocedor de esa información, desilusionado por no obtener respuesta de su amada, se fue enamorando de una prima lejana que al pasar la pubertad había emergido cual patito feo en cisne”.

¡Pasajeros al tren! El grito de un niño que subía al mismo vagón en que yo me encontraba me sacó de mis pensamientos y me hizo seguir reflexionando en lo que verdaderamente me preocupaba: cuanto más pequeños más les gusta jugar a cualquier oficio, y yo me había olvidado de que ya no era una niña cuando jugué con los sentimientos de aquel escritor.

Esa novela que yo menosprecié llegó totalmente pulida y mejorada para abofetearme con fuerza en la última ronda del concurso y ganar el primer premio, y así fue como él, elegantemente, me devolvió el duro golpe que le supuso mi demoledora opinión.

A punto de cerrarse las puertas del tren que me llevaba de vuelta a casa entró él en el último momento, iba a volver a felicitarle pero no me dio tiempo a articular palabra:

- Espero que la próxima vez que des tu opinión no olvides hacer gala de la delicadeza de la que presumís las mujeres. En ocasiones no importa lo que cuentas, sino como lo cuentas, y eso ha sido precisamente lo que ha marcado la diferencia entre tú y yo.


Antes de que pudiera contestarle el tren se puso en marcha y yo seguí jugando con la cortina que había en aquel vagón, pues era la única manera de concentrarme en mis pensamientos ahora que volvía a casa con el rabo entre las piernas.

6 comentarios:

  1. ¡Vaya! Menudo zasca le da a la pobre chica xD Me ha gustado mucho, muy descriptivo y con sorpresa final :-)

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    1. Sí, un zasca como un piano jejeje. Gracias por tus palabras. Biquiños!

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  2. Je, je, je. En toda la boca. Me gusta la simetría del inicio y el final y como va subiendo el ritmo hacia ese desenlace lapidario.
    No calculo cuántas páginas puede ocupar el relato ni me me he puesto a contar las palabras (vaga, soy vaga), pero ya me gustaría expresar tanto en tan poco espacio. Salvo raras, rarísimas excepciones, tanta brevedad narrativa no es lo mío. Envidia me das.
    Besucos.

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    1. A veces lo bueno, si breve, dos veces bueno, otras veces queremos más, pero aquí con este me quedo satisfecha plantándome en esta extensión. Biquiños!

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  3. Es un relato sublime.
    Sigo creyendo que tienes un talento que luces tan bien como ahora. ¡Adelante!
    Biquiños!

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    1. Con tus palabras siempre se me sube la moral querido, eres genial :) Biquiños!

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