jueves, 29 de enero de 2015

Pío, pío, pajarito - Taller de escritura nº 22 de Literautas

Hoy os traigo el texto con el que he participado en el taller de escritura nº22 de Literautas. Este blog nos reta cada mes a montar una escena con las condiciones que nos exigen, que en enero fueron incluir tres palabras: teléfono, jaula y sombrero; vamos, muy en la línea del reto de Adella Brac (supongo que ese fue el empujón final que me animó a participar).

Lo bueno de este reto en concreto es que otros lectores corrigen tus textos y opinan sobre ellos, ayudándote a mejorar. Del mío me ha quedado claro que el principio es algo tedioso y que las preguntas de los dos primeros párrafos se hacen aburridas; así que tendré esto muy en cuenta para la próxima vez que escriba algo.

Pero también me han dicho cosas buenas, como que el relato es muy divertido. Por ello, os lo dejo a continuación y os invito a que lo leáis. Espero que os guste, ahí va:


Pío, pío, pajarito

Cuando llegó a casa se encontró un teléfono móvil dentro de la jaula en vez de a su adorado Pipo, que había desaparecido. ¿Para qué le habrían robado a su loro? ¿Creían que alguien iba a pagar un rescate para salvar a una simple mascota? Es cierto que Pipo era como de la familia pero, admitámoslo, no tenía dinero para pagar su vuelta y todo el que lo conocía lo sabía.



Pero si era obvio que después de año y medio en el paro estaba en bancarrota, ¿por qué a él? ¿A quién podría haber ofendido un hombre de cincuenta y cuatro años que dedicaba ocho horas del día a dormir, ocho horas a buscar trabajo, y las ocho restantes a tareas varias como ir a por el periódico, hacer la compra, cocinar, lavar y planchar?

Él era un persona que siempre había tomado sus decisiones por descarte, así que se dispuso a resolver el misterio que ahora le ocupaba haciendo una lista con todas las personas que conocía y empezó a desechar aquellas que nunca le harían daño: quedaban fuera de la lista su madre, su padre, su hermana y sus sobrinas; porque eran familia y se alegraban cada vez que iba a hacerles una visita. Su cuñado, de momento, se quedaba dentro; al fin y al cabo era un cuñado.

Fuera las cajeras del supermercado y fuera también Dorita, la del kiosco, porque siempre les sonreía y les daba las gracias. Fuera el camarero del bar al que iba todos los miércoles, porque siempre le dejaba propina. Fuera el cura de su parroquia porque, aunque había faltado hacía dos domingos, él predicaba el perdón y quería suponer que también lo llevaría a cabo. ¿O no? Bueno, por si las moscas, el cura, de momento, se quedaba.

Hace cuatro días le había dicho al panadero que la barra del día anterior estaba salada. Quizás no le gustó el comentario así que, otro más para la lista.

En cuanto a estos dos últimos tenía algunas dudas: quizás el cura hubiera podido entrar en su casa porque Dios estaba en todas partes y, a lo mejor, le había abierto la puerta desde dentro. Pero el panadero… La cerradura no estaba forzada, si el panadero había raptado a su loro ¿cómo había entrado en un piso situado en una quinta planta sin forzar la cerradura?

No tenía sentido, así que parecía que lo más probable era que hubiera sido su cuñado, ya que su hermana tenía una copia de las llaves de la casa. Pero ¿no estaba hoy su cuñado haciendo la ruta con el camión?

En estas cavilaciones andaba cuando se dio cuenta de lo obvio, seguro que este robo lo había perpetrado el dueño del móvil, así que extendió la mano dentro de la jaula y comenzó a examinar el aparato.

Al pulsar la tecla lateral se encontró con la siguiente indicación: “Introduzca su número de móvil para desbloquear”. Así lo hizo y consiguió el resultado esperado. Una vez dentro pudo ver que había un mensaje reciente: era una foto de Pipo apoyando una de sus patitas en el periódico de esta mañana.

¡Eso era! ¿Cómo no se le había ocurrido? Aún no había ido a comprar el periódico. Cogió su sombrero y su abrigo y bajó corriendo las escaleras, cruzó la calle y se dirigió al kiosco de Dorita, que estaba cerrado y tenía una nota pegada en la pared: “Si quieres verme, vuelve al lugar donde perdiste a tu loro”.

Y deshizo el camino a la máxima velocidad que le fue posible: cruzó la calle, entró en su portal, subió corriendo las escaleras y entró en su piso. Allí estaba Pipo en la jaula, pero ni rastro del móvil. Lo único extraño era que el loro estaba picoteando una nota en papel escrita a mano. Tras una ardua lucha de treinta segundos en la que consiguió arrebatarle el papel, pudo leer: “Hay que ver lo que tiene que hacer una mujer para conseguir tu número. Piensa si quedarías conmigo para cenar, pues es lo que voy a preguntarte cuando te llame dentro de diez minutos”.

¿Quedaría con Dorita a la hora de la cena? Por supuesto, aún tenía que saber cómo había conseguido las llaves de su piso…

6 comentarios:

  1. Una manera muy original de conseguir una cita. Mucho mejor que badoo.
    Hay un detalle que me deja perplejo: ¿cómo consigue desbloquear el móvil de Dorita con su propio número?
    Biquiños, bella Mandi.

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    1. Porque ese es el código de desbloqueo que le ha puesto Dorita, algo fácil de recordar. Biquiños!

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  2. Me ha gustado el relato. Es muy simpático!!! Yo no veo que las preguntas sean tediosas. Son cosas que cualquiera se preguntaría. Besotes!!!

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    1. Eso mismo pensé yo, si me robaran un loro (aunque yo no tengo loro), también me preguntaría esas cosas. Biquiños!

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  3. A mí no me ha resultado tedioso. Es muy tuyo; original y divertido :)

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    1. :) Gracias guapa. Y esta semana otro mini relato en cinco líneas. Biquiños!

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