miércoles, 7 de noviembre de 2018

Carta a mi diente muerto



Querido incisivo:


Hoy, un día antes de mi treinta y un cumpleaños, en vez de hacerme un regalo me han quitado parte de mi sonrisa, porque hoy el dentista me ha dicho que estás terminal. Me han entrado ganas de llorar, no por ti, pues hace un mes que empecé a intuir tu pérdida y, por ende, a asimilarla; sino por todo lo que voy a tener que pasar al perderte.


Puedo partirme en mil pedazos al romper el plato del microondas, pero soy impasible como un tronco de madera ancho y duro ante un hacha mal afilada cuando se trata de algo importante. Por eso, mientras estaba esperando sentada en el escáner que sacaría una de tus últimas fotos he tragado sal de la última lágrima que pienso permitirme por ti.

Lo peor que puede pasarte si has de perder un diente es que sea como tú: un incisivo. Varias personas a las que se lo he contado me han dicho que les costaría asimilarlo, que sería un duro golpe y que no hablarían hasta tener un reemplazo. Yo, sin embargo, me imagino sujetando en el aire una falda larga y negra, cual viejecilla de un sketch de humor, andando a saltitos de un lado para otro, como si fuera una marioneta, y enseñando la boca con un gran agujero negro y una sonrisa aún más grande, para hacer reír a quien comparta la pérdida conmigo.

Las lágrimas que no he dejado salir no eran por imaginarme ese agujero negro, sino por recordar todo lo que hemos pasado juntos, y todo lo que he sufrido por ti, para que ahora me dejes de esta manera. Nunca una ruptura había sido tan difícil.

Tú y yo tenemos una relación de amor odio que empezó un día de febrero en el que llevaba un vestido rojo con lunares blancos. Ese día fui lo suficientemente estúpida para caer al suelo y no poner las manos delante; y lo suficientemente lista para levantarme y escupir una parte de ti y de tu vecino (morir atragantada así sí que hubiera sido una muerte absurda).

Hay quien palidece con los sustos, pero tú te pusiste de color gris, ¿no podías ser como todo el mundo y evitarme dos tratamientos inútiles de blanqueamiento dental? Tu vecino se rompió sin hacer ruido, una lima algo afilada lo volvió a poner recto como un folio y no me ha dado ni un solo disgusto más desde entonces (salvo el pensar que, si así tengo unos dientes de tamaño adecuado, si no me los hubiera roto quizá ahora parecería una rata, y eso sí que sería absurdo, porque soy intolerante a la lactosa y apenas como queso).

Pero tú no podías ser discreto, no, tenías que hacerte notar. El shock por tu pérdida fue tan grande que nadie se dio cuenta de que me había partido la nariz, menos mal que la imperfección es bella (y que, a pesar de todo, no ronco).

Juntos hemos pasado por mucho, pero si piensas que voy a dejar que tu partida me afecte, te equivocas. Porque una no puede ir por ahí predicando que lo exterior no importa y luego derrumbarse por algo como esto.

Los escritores sabemos que las palabras pueden llegar muy hondo y que, aún así, en la vida lo importante son los hechos: no digas que vas a publicar una novela, escríbela; no digas que vas a mantener actualizado tu blog, publica; no digas que la belleza no importa, sube a Instagram una foto sonriendo sin un diente.

Y, si al final te vas, eso es lo que haré, porque esto es lo que soy: consecuente.

Bye, bye, querido incisivo, conocerte no ha sido un placer, pero me has enseñado mucho, y el camino es lo que importa.

2 comentarios:

  1. Esa pérdida duele... Pero con o sin incisivo, hay que sonreír! Y al que no le guste, que no mire.
    Besotes!!!

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  2. Pues haces muy bien en plantarle cara a la vida con una sonrisa (con o sin incisivo). Besotes, guapa!!!

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