jueves, 6 de junio de 2019

Decisiones con las que se acaba el mundo


Estoy en Santiago y llueve como no lo ha hecho casi ningún día durante este invierno. Ha sido mi mañana libre, así que después de mojarme haciendo un montón de recados que tenía pendientes me he puesto mi pijama friki de Juego de Tronos, he calentado una infusión de hinojo con anís en una taza cuqui digna de Instagram, me he tapado en el sofá y he dormido un rato. Ese momento ha sido, sin duda, uno de esos en los que parece que el mundo se para y nada puede salir mal porque tú estás en tu burbuja.


Pero cuando sales fuera, te enfrentas a todo y parece que encima de tu cabeza solo hay unas nubes tan negras como las que veo hoy a través de mi ventana, siempre llega ese momento trascendental e histérico en el que piensas que ciertas cosas nunca tendrán solución.

Tomamos decisiones a diario, pero algunas decisiones las pensamos mucho porque parece que nuestra vida depende de ellas. Son las que yo llamo "decisiones con las que se acaba el mundo". Pero solo lo parece, porque la vida sigue y el mundo no para de girar. Y de lo que no nos damos cuenta es de que tenemos una vida para intentar arreglar aquello en lo que metamos la pata.

A la hora de escribir pasa lo mismo: mucho bloqueo de escritor viene porque queremos escribir la frase perfecta, y no nos damos cuenta de que si queremos escribir solo tenemos que escribir, ya lo arreglaremos después, ninguna frase vomitada tras hora y media de meditación va a evitarnos una revisión posterior. Y si, al final, era tan rematadamente mala, ya la corregiremos. Y si, al final, la novela que hemos publicado como lo mejor que supimos dar en ese momento, más tarde nos parece tan mala, ya escribiremos otra. Porque sin escribir y sin enfrentarnos a nuestros fallos no vamos a mejorar.

Piensa en tu novela preferida, aquella que piensas que te gustaría haber escrito tú. Estoy segura de que su autor jamás la consideró perfecta, pero tú como lector la has disfrutado y eso es lo que cuenta.

Hoy este post se lo quiero dedicar a Susana Palacios. Por si no la conocías te diré que nos dejó hace poco. Era una persona que le ponía todos los días una sonrisa a la vida, a pesar de todo, porque sabía que cada mañana le brindaba un día más para hacer y arreglar todo lo que hubiera que hacer y que arreglar.

Hoy miro por la ventana, el cristal está empapado, podría ser uno de esos días melancólicos de película. Pero entonces me la imagino a ella con su mirada alegre mirándome a través de la lluvia, y sonrío.

Equivoquémonos más, el resultado puede ser maravilloso y, si no, aún estamos a tiempo de arreglarlo.

#seguirébailando

2 comentarios:

  1. Hay que atreverse, equivocarse, corregir, aprender... Ays, Susana... Aún cuesta asimilarlo. Se echa de menos su sonrisa, sus ganas de bailar, sus continuas palabras de ánimo para todos...
    Besotes!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hay que atreverse, eso es en lo que fallamos muchos. Biquiños!

      Eliminar

Un post sin comentarios es peor que un día sin conguitos. A mí me encantan y me alimentan (los comentarios, quiero decir) así que anímate a dejarme el tuyo, me alegrarás el día.