jueves, 3 de octubre de 2019

El turismo del horror


Dicen que Nueva York es la ciudad que nunca duerme, pero para mí es, más bien, el lugar en el que se puede comer a cualquier hora. La gran manzana huele a una mezcla extraña de especias y cemento (porque, además de comer, siempre están construyendo algo).

Como te contaba en el e-mail que envié a la lista de correo el sábado, la semana pasada he estado de visita en Nueva York, desnucándome al mirar tantos rascacielos, sorprendiéndome ante jardines en medio de edificios gigantes que esconden paseos literarios, y soñando nuevas historias mientras observaba a tanta gente tan diferente.

Dicen que la realidad siempre supera la ficción, y es cierto al cien por cien, por eso mirar a la multitud mientras camina hacia su destino es la mejor fuente de inspiración a la hora de construir personajes. Muchas veces pueden decirle a un escritor que lo que hace tal o cual personaje no es creíble, o es algo exagerado, y muchas veces puede un lector escéptico equivocarse, y te cuento por qué:


Una de las paradas obligatorias si visitas Nueva York es, al menos para mí, el World Trade Center. Ahí se encontraban las torres gemelas que se vinieron abajo tras los atentados de 2001. En el lugar exacto donde estaban las torres hay dos agujeros en el suelo, del mismo tamaño. De sus paredes fluye agua que cae hasta su interior, bien al fondo. Es como si trataran de recordarnos todas las vidas que se fueron.

Las paredes que impiden que te caigas a ese vacío están flanqueadas por unas placas de bronce donde están grabados los nombres de las más de tres mil personas que murieron tanto en los atentados de 2001 como en los de 1993 (que son menos conocidos).

Cuando estaba allí, mirando a ese hueco que simboliza el vacío que tanta gente ha dejado, te juro que se me caía el alma a los pies. No saqué ninguna foto, lo único que pude hacer fue cerrar la boca y contemplar el parque, las fuentes, y algunos de los nombres.

Los nombres que están grabados en las placas la atraviesan de lado a lado. Hay gente que deja banderas de los Estados Unidos, flores o fotos de esos familiares, anclados a sus nombres. Recordar todo lo que pasó ese once de septiembre es doloroso aunque no te haya afectado directamente. Es uno de los motivos por los que te subes al Empire State y estás deseando bajarte a pesar de las vistas.

Si ahora te digo que hay gente que se acerca a esas fuentes, ve una flor preciosa al lado del nombre de alguien que ha muerto, se coloca al lado, sonríe y se hace un selfie, ¿me creerías? Yo no me lo creí ni cuando lo estaba viendo con mis propios ojos. Pero sí, pasa.

A veces pienso que ya he perdido la capacidad de sorprenderme, y me he equivocado cada una de esas veces. Así que si alguna vez ves en un libro a algún personaje que no te resulte creíble, antes de cerrar el libro y estamparlo contra el suelo, piensa si de verdad es tan inverosímil. Porque de gente inverosímil sonriendo ante los muertos, está el mundo lleno.

4 comentarios:

  1. La estupidez de una persona puede superar con creces la del personaje creado por la imaginación del escritor más retorcido. Creo que lo que cuentas sucede igual en los campos de concentración. Somos cada día más imbéciles, ignorantes e insensibles. Justo un año antes de lo que ocurrió con las torres estaba yo en Nueva York. Se me pone la carne de gallina de verlas en mis fotos.
    Besos.

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    1. Sí, de hecho de lo de los campos de concentración fue de lo primero en calificarse como turismo del horror. Qué triste, ¿verdad? Biquiños!

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  2. Cada vez entiendo menos a la gente. Su falta de sensibilidad, de empatía... Es horrible.
    Besotes!!!

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